Ahora que ya tenéis disponible el primer capítulo de Reinas al rescate quería tomarme la licencia de hablaros un poco sobre el capítulo y sobre lo que sentí allí con Hugo (no spoilers).
Yo de verdad que no lo conocía de nada, no me sonaba su nombre siquiera, pero fue verlo, en ese momento en el que entramos a su estudio de grabación, y nuestras miradas nos hablaron. Yo no sabría explicároslo pero estaba hablando con él y él estaba hablando conmigo sin decirnos ni una sola palabra.
En un momento de mis adolescencia, sentadas en un poyete, cogiéndonos las manos y llorando sin mirarnos, mi mejor amiga me dijo que “había un lenguaje más allá de las palabras”, y no hizo falta nada más en aquel momento. Tampoco hizo falta nada más allí con Hugo.
Sabía que quería conocerlo y que me contara su historia, sabía que quería ayudarlo de cualquiera de las maneras que estuviese en mi mano. Lo escuché, lo abracé, y vi en él esa fragilidad que quizá vi en mi en otro momento de mi vida. Esa semana, ver a Hugo fue mi mayor ilusión cada mañana.
Hugo es una persona muy especial; es frágil y sensible, pero a la vez es tremendamente fuerte; es decidido, valiente y muy muy cariñoso pero, sobre todo, es bondad. Aunque a veces hubiese dolor en él, Hugo no es rencor, es perdón y amor.
Cuando nos escribió la canción, mientras lo escuchaba cantar pensé: Este quiero que sea de esos recuerdos que se quedan contigo para siempre, que se te quedan clavados dentro y a los que puedes volver cuando te da la gana. Sin embargo, el momento en el que me quedé y del que no puedo salir fue el día de la despedida. Sabía que tenía que decirle algo encima del escenario pero no quise prepararme nada. Cuando hablas desde el corazón creo que ningún discurso puede ser equiparable. Fue atropellado, me trababa al hablar, la emoción me sobrepasaba y quizá no supe expresarme de una forma fluida, pero sabía que todo lo que estaba diciendo en ese momento era puro y limpio.
Me dolía, y me sigue doliendo, ver como un chico de 22 años es incapaz de hacer una vida normal. Me llena de rabia e impotencia pensar que pueda estar perdiendo oportunidades, que pueda estar perdiéndose la vida. Peor aún, que le estén haciendo perder su vida. Que tenga miedo a salir a la calle porque lo insulten, que se resigne a no jugar al futbol por lo que puedan decirle o puedan hacerle… Hugo no debería vivir asustado, Hugo debería comerse el mundo con la ilusión que desprende su mirada.
Ese día, cuando nos despedimos de Hugo… fui incapaz de parar de llorar. Recuerdo llegar al hotel, pensar en él, y decirme a mí misma: “¿Cómo vas a irte ahora? ¿Solo cuatro días han sido suficientes?”. Me daba pena y mucho miedo irme. Sentía que quería protegerlo y que si me iba no podía. Me enfada pensar que pueda tener miedo o pueda sentirse inseguro. Así me pasé una hora: haciéndome preguntas y llorando. Hacía tiempo que no lloraba con ese desconsuelo, con ese dolor que sientes dentro cuando se te encoge el pecho. No quería despedirme. No podía despedirme.
Y sí, ahora con las redes es sencillo mantener el contacto, pero no es solo él. Son todas las
personas de nuestro colectivo que no viven más allá y que se dejan en segundo plano por miedo a ser. No tenemos que tener miedo a ser.
No tenemos que tener miedo a ser.
Hugo Marlo, aún no te has dado cuenta, pero eres un héroe.

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